Sus cartas para consolar no siempre obtuvieron la respuesta esperada. Sin embargo algunos le agradecieron y le obsequiaron recuerdos con los que formó una colección que funciona como muestra itinerante.
Gabriel Fioni tenía 12 años cuando estalló la guerra de Malvinas. Desde un sillón de su casa en Oliva, veía por televisión soldados que corrían sobre la nieve y pilotos que hacían un último saludo antes de subir a sus aviones que despegaban con una banderita argentina pintada en el fuselaje.
Por aquellos días de Abril de 1982 los medios del país
no hablaban ni mostraban otra cosa más que las imágenes de la
guerra. Las revistas reemplazaron las caras sonrientes del jet set por retratos
de hombres armados tras una precaria trinchera y, más tarde, por la angustia
de la primera viuda.
Gabriel, que recién terminaba la primaria descubrió de pronto
el otro costado de esos aviones que, como un juego, armaba con paciencia por
las tardes junto a su cama. Era imposible estar ajeno a lo que ocurría
en el sur, aunque se viviera en una pequeña ciudad del centro del país.
Por las calles de su Oliva natal también transitaba el dolor y en los
quioscos de diarios colgaba la misma historia de las grandes capitales.
Un día de esos compro una revista Gente en la que se publicaba una entrevista
a la mujer del primer piloto muerto, y a medida que leía su vida parecía
cambiar. "Esa nota me pegó mucho, me cayó muy mal",
recuerda hoy Gabriel, quién para esa época se ganaba unos pesos
vendiendo lomitos y hamburguesas en los bancos, la Policía y la Municipalidad.
"A la mañana temprano, levantaba el pedido, los preparaba y al medio
día se los llevaba. Después de leer esa nota decidí juntar
toda la recaudación de un mes y guardarla para mandársela alguna
vez a esa mujer", recuerda hoy Fioni con la misma sensibilidad de aquel
adolescente. El dinero quedó guardado en su ropero, la guerra terminó
y al poco tiempo llegó a sus manos uno de los primeros libros editados
después de la rendición llamado Dios y los halcones, del piloto
Pablo Marcos Carballo, en el que se relatan las experiencias de los hombres
del aire.
Su héroe y amigo
Después de devorar sus hojas, sintió la necesidad de saber más
de lo que fue la vida durante la guerra y, sin inhibiciones, le escribió
a quien iba perfilándose como su héroe, él por entonces
Capitán Carballo.
"Como no sabía su dirección - cuenta Gabriel- mandé
el sobre al edificio Cóndor y le puse: por favor entregar esta carta
al Capitán donde se encuentre".
A los 40 días tuvo respuesta y desde ese momento comenzó una relación
sostenida por el cartero y alimentada con complicidad desde el aire. "Él
me avisaba unos días antes cuando pasaba en vuelo sobre Oliva. Yo lo
espera con ansiedad y él sabía que yo vivía a la derecha
de la torre del Aeroclub. Entonces entraba y hacia pasajes rasantes cerca de
mi casa con la escuadrilla completa de los aviones A4 Skyhawuak".
A lo largo de un año, Gabriel se cansó de decirle que quería
ser piloto y que le gustaba la aviación, y Carballo repitió una
y otra vez las historias de su vida
Pero un día quiso conocerlo y planeó todo sin que se enteraran
sus padres.
Sabía que Semana Santa era ideal porque no tenía clases, y después
del escueto pero tentador "venite", con que le contestó Carballo
en un telegrama, le pidió una valija a su abuela y a la noche se presentó
en el comedor de su casa diciendo que se iba a San Luis, a la base aérea
de Villa Reynolds, donde vivía el piloto.
Tenía 13 años y esa misma noche terminó saliéndose
con la suya mientras saludaba a sus padres desde arriba del ómnibus.
La Promesa
Llegó a Villa Mercedes llenó de miedo y ansiedad,
con unas fotos, una maqueta, y un dibujo que había hecho para su anfitrión,
bajo el brazo.
Lo esperó sentado en el bar de la terminal, secando su afiche con unas
servilletas después de que la lluvia mojara por completo el perfecto
avión que le había pintado coronado con la palabra héroe.
"Cuando lo vi llegar, supe que era él por el escudo
de los A4 que tenía en la campera, en ese momento nos abrazamos sin decir
nada y nos fuimos a la base". Entre las cosas que llevaba, había
una que le quemaba las manos y era aquel sobre con el dinero que había
juntado hacía meses para la viuda del piloto fallecido.
No veía las horas de dárselo a alguien que conociera a la mujer
y en el camino a la base recuerda que le dijo: "Tengo este sobre con toda
esta plata y quiero que se la entregue a la esposa del Capitán García
Cuerva".
Cuenta Gabriel que el Capitán miró su tesoro y, luego de decirle
que si bien ese dinero le haría mucha falta a ella, le hizo una propuesta
que se transformó en una promesa: escribirle a las viudas de todos los
caídos de la Fuerza Aérea en la fecha en que murieron.
Carballo le mandó las direcciones de todas las familias y Gabriel cumplió.
Durante diez años redactó cientos de cartas que envió,
una tras otras, cuando se le acercaba el día en que habían dejado
su vida por Malvinas.
No le importó no ser correspondido por la mayoría de sus destinatarios.
Tampoco se doblegó frente a líneas cargadas de dolor y resentimiento
de los que habían perdido a sus hijos, padres o maridos.
"Recuerdo que todas las noches acompañaba a mi abuelo hasta su casa
y mientras esperaba que se durmiera, escribía las cartas. Las empezaba
diciendo que sólo era un joven argentino que quería acompañarlos
en el recuerdo de su ser querido, fulano de tal, muerto en Malvinas el día
tal y que mi intención era recordar su valor y de esa manera ayudarlos
a hacer mas llevadero el dolor", cuenta con naturalidad, como si fuese
una acción común.
Dar la cara
Diez años después de ensobrar una hojita escrita
de ambos lados, su amigo Pablo Carballo lo invitó a un asado en el que
estarían presentes las familias de los pilotos muertos.
Había llegado el momento de conocerse personalmente, era la oportunidad
de ver esos rostros imaginados en cada palabra durante tantos años. Había
llegado la hora de dar la cara.
Gabriel viajó con su novia desde oliva hasta la Escuela de Aviación
en Córdoba donde se hacía el encuentro. Sólo Carballo sabía
que estaría presente. Pero su amigo no llegó y él decidió
volverse tan anónimamente como había llegado.
A mitad de camino un compañero de su amigo lo reconoce y se hace cargo
de la sorpresa
"Me quedé en la puerta del salón donde estaban todos reunidos,
él entró y les dijo: "Tengo una sorpresa para ustedes, hay
una persona que seguramente hace tiempo que desean conocer y que les escribe
desde hace diez años sin haberlos visto nunca ". En ese momento
dijeron mi nombre y cuando entré todos lloramos y no paraban de abrazarme
y besarme" evoca Fioni emocionadamente.
A partir de ese instante cientos de nuevas historias y confidencias comenzaron
a girar a su alrededor. Es que, sin darse cuenta, él se había
convertido en el sostén más fiel y anónimo, en uno de los
días mas tristes de todos esos años. "Muchas se lamentaban
por no haberme contestado, y otras me hablan del inmenso valor que habían
tenido esas cartas en sus vidas, como la esposa de García Cuerva, quién
me contó que el 30 de Abril ella tenía un dolor inmenso en el
alma porque al otro día se cumplía un nuevo aniversario de la
muerte de su esposo. Pero, me decía, el hecho de saber que el 1 de mayo
a la mañana tendría puntualmente mi mensaje, la aliviaba enormemente".
El Desafío
Después de aquel día, ya no hubo más cartas,
las heridas estaban cicatrizando y una relación distinta nació
tras el encuentro.
Muchos de los familiares que durante años guardaron en el fondo de sus
casas y memorias las pertenencias y recuerdos de sus seres queridos caídos
en Malvinas, descubrieron en Gabriel un espacio sensible y confiable donde aliviarse
y depositar la parte de la historia de la guerra que les tocó cargar.
Fue así que llegaron a sus manos cascos, uniformes, fotografías,
cartas y hasta retorcidas cucharas que cargadas de un frío remoto y el
calor cercano de manos que nunca se olvidan.
Fue tanto lo que recibió que las paredes de su habitación no dieron
abasto y decidió formar un museo hoy "el Museo Nacional de Malvinas".
Esa es la empresa que actualmente lo desvela y que asegura no abandonará
hasta verla concretada.